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Partidarios de una misma necesidad: el transporte. Por esta causa,
miles de ciudadanos conviven cada día, aunque sea por unos
minutos o incluso segundos, en un mismo sitio, con un mismo fin.
El sistema de transporte de la ciudad de México se ha convertido
en un recurso que proporciona una forma de llegar al destino deseado.
Mañanas, tardes o noches, por el trabajo, la escuela o diversión,
contamos con un medio. Basta levantar la mano, hacer un indicio
y la puerta se abrirá. Subir, indicar el rumbo y pagar; ese
es, hasta en cierto momento, el ritual cotidiano del transporte.
Gente retraída, conversadora o indiferente, todos sin querer
avanzan a la par. Gente desconocida que comparte un asiento, un
mismo tubo del que sostenerse, una misma parada. Gente de diferente
índole: oficinistas, estudiantes, vendedores, cantantes,
juglares, empleados, vagabundos, amas de casa, deportistas, médicos,
enfermeras, ancianos, niños, niñas, todos, toda la
ciudad unida en algo que tal vez jamás se nos había
pasado por la cabeza, o al menos, situaciones en las que nunca hubiéramos
deseado estar juntos, pero que sin embargo nos mantiene agrupados.
Se cumple el objetivo, el transporte es colectivo que nos permite
mantener nuestra individualidad.
No falta el que se sube al transporte para conocer lugares, matar
tiempos dedicados al ocio, acortar distancias, alargar el tiempo.
Tampoco faltará el que por soledad ingresa para compartir
sonrisas, conjugar miradas, sentirse acompañado.
Porque conocemos; a veces saben más de antropología
los que se desplazan cada día en un vagón del metro
o en un saturado camión. Porque cuando se viaja se aprende
a examinar a las personas, de saber quien es por su fisonomía,
su forma de moverse o de vestir. Reconocer una persona confiable,
un sujeto sospechoso, una persona atractiva, e incluso, nos tomamos
la libertad de apropiarnos un lugar y vivir por unos instantes la
vida del que platica a un costado nuestro. Es la aventura del transporte.
Al menos un ochenta por ciento de la población de la ciudad
ha tenido la necesidad de hacer la parada al microbús el
día en que el carro no circula o se descompone, de abordar
un taxi cuando se hace tarde, de formarse en la larga fila del transporte
público del gobierno del D.F., porque la forma más
económica de viajar es de 1.50 pesos, de subir al metro cuando
sabemos que éste llega a casi cualquier lado, y además
de ser la manera más rápida de llegar en esta caótica
ciudad. Se trata de esperar que llegue la ruta que nos llevará,
de aguardar y tener paciencia el tiempo que tarde en arribar, de
soportar los apretujos. Se trata de tener un trabajo, ser chofer
y explotar esta ciudad hasta sus últimos rincones a los que
se pueda llegar para sobrevivir.
Brenda Avila
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