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| El fotógrafo brasileño Sebastião
Salgado fue acusado por un crítico del diario francés
"Le Monde" de aprovecharse del sufrimiento de los
otros para hacer arte. |
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Durante site años, el fotógrafo brasileño Sebastião
Salgado recorrió 35 países asolados por guerras civiles,
hambre, persecuciones políticas y problemas sociales, recolectando
imágenes que mostraban flujos de personas en tránsito, huyendo
de un lugar a otro.
El fruto de ese largo y fatigoso viaje se reproduce en el libro Migrations,
Humanity in Transition y en una exposición que recorrió
el mundo (también pasó por Bs. As. con el título
de Éxodos). La impresionante secuencia de fotos es un documento
conmovedor y dramático sobre las condiciones de vida de millones
de personas en el mundo entero.
También es una especie de desafío al mundo globalizado
fascinado por el rendimiento del dinero, y un virtual llamado de conciencia
sobre el sufrimiento, la desolación y el abandono en que sobreviven
porciones inmensas de la población mundial, obligadas a emigrar
y cruzar fronteras en busca de mejores perspectivas o para huir de la
persecución política o racial.
La aparición del libro constituyó un acontecimiento esperado
en el mundo del arte fotográfico. Después del notable TRABAJADORES,
un testimonio sobre las condiciones miserables del trabajo en un mundo
mecanizado e informatizado, y de TERRA a un informe fotográfico
sobre el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, el nuevo trabajo de Salgado
era ansiosamente aguardado.
La calidad estética de las fotografías y el concepto político-humanista
que este fotógrafo imprime a sus obras lo han convertido en un
modelo inobjetable para el fotoperiodismo contemporáneo. Las fotografías
de Salgado interrogan el dolor y el sufrimiento del hombre desarraigado
y sufriente. La intensidad dramática que irradian las fotos funciona
como una muestra de la historia contemporánea oculta, de la desolación
y desampara de amplios sectores de marginados y desplazados del sistema.
En una entrevista a la revista francesa PHOTO, Salgado sostiene
que su punto de partida fue "mostrar esta total reorganización
humana que pasa en el mundo de hoy. El hombre siempre ha emigrado, siempre
se ha desplazado, pero no en esta escala." El compromiso humano es
una condición básica en sus planteos fotográficos
y el escándalo y la indignación que sugieren las fotos son
el umbral primero para la toma de conciencia de los espectadores.
Sin embargo las críticas a su libro y a su exposición no
se hicieron esperar. En una nota de página completa en el prestigioso
diario francés LE MONDE, el crítico Jean-François
Chevrier no dudó en descalificar el trabajo de Salgado acusándolo
de hacer "voyeurismo sentimental" y de aprovecharse del sufrimiento
de los demás para hacer arte. Esta acusación de hacer fotos
a costa de la miseria de los otros se le ha reiterado a numerosos fotógrafos
que se presentan como humanistas.
El problema que se plantea en la fotografía, especialmente en
la de aquellos fotógrafos movidos por fines humanitarios o políticos,
es el de la complicidad entre lo fotografiado y los medios por los cuales
se dan a conocer las imágenes captadas.
Fotografiar algo significa dignificarlo, es decir convertirlo en centro
de atención, elevarlo a la categoría de objeto calificado
para convertirse en obra de arte. En fotógrafos como Salgado (y
antes de él Lewis Hine, Walker Evans, Dorothea Lange, Eugene Smith)
el compromiso social y político choca con el infortunio del otro.
El acto de coleccionar la miseria implica una relación agresiva
con los temas, una especie de ataque desconsiderado: el fotógrafo
asedia la realidad buscando lo terrible, lo injusto, lo cruel y, cuando
lo encuentra, lo convierte sin piedad en un objeto de contemplación
estética, en arte.
Es sabido que en sus comienzos la fotografía busca busca y apunta
hacia objetos notables para convertir en notable la foto. Con el tiempo
se practicó una inversión, y aquello que era fotografiado
se convertía, por el simple hecho de ser fotografiado, en notable.
La avidez contemporánea por lograr una buena foto, avidez exaltada
en buena medida por los mecanismos de la sociedad de consumo, impulsaron
a los fotógrafos a a convertirse en viajeros del espacio y del
tiempo en busca de lo inusual, lo raro, lo doloroso, todo aquello que
mereciera ser fotografiado y movilizara al espectador.
El fotógrafo se transformó así en un flâneur
en busca de los desechos del mundo. Pero esta capacidad de la fotografía
no es una consecuencia de la transformación del oficio, sino una
aptitud de la cámara misma: ya en 1934 en un congreso en París,
Walter Benjamin hacía notar la especial incapacidad de la cámara
de fotografiar un inquilinato o una pila de basura sin transfigurarlos,
logrando transformar la más abyecta pobreza, al enmarcarla de manera
estilizada, en objeto de regocijo.
El afán adquisitivo de la sociedad de consumo termina implantando
una relación con el mundo que uniforma todos los significados y
renuncia a la toma de conciencia sobre los problemas. La fotografía
expone con crudeza acontecimientos dolorosos y grotescos, pero la adaptación
de la fotografía al circuito productivo de la sociedad de consumo
ensombrece, cuando no anula, su contenido.
Susan Sontag decía que sin política, las fotografías
del matadero de la historia simplemente se experimentarán como
irreales o como golpes emocionales desmoralizadores.
La misma aceptación de la fotografía como arte ha desdibujado
su función política, es decir su capacidad para despertar
las conciencias y llevarlas a una acción efectiva sobre el mundo.
La tendencia estetizante de la fotografía termina por transformar
todo lo que enfoca en algo bello, sin importar el tipo de acontecimiento
que fotografíe.
Hasta las fotos mas bien intencionadas sufren la calificación
estética antes que la política. "Nada mas peligroso
que la estética" decía el cineasta Roberto Rosellini
para justificar la crudeza de las imágenes y el ejercicio deliberado
de algunos vicios cinematográficos en sus películas neorrealistas.
La estetización de la realidad producidas en las artes visuales
para proveer de mercadería a un mundo cautivado por el consumismo
estético ha pervertido las buenas intenciones de los fotógrafos
con preocupaciones sociales.
La fascinación de las fotografías destruye la percepción
consciente de ellas y las hacen aceptables al gran público sin
que se las vincule con una finalidad ética o política:
frente a las fotografías de la miseria del mundo el espectador
no dice "¡qué terrible!" sino que, cautivado,
solo atina a decir "¡qué bello!".
La fascinación por las fotografías generalizan la percepción
de la belleza y enfrían las emociones, neutralizan la angustia
y despolitizan el sentido. De esta manera, se impone una lectura estética
por sobre la significación política.
John Berger se preguntaba "¿cómo es posible que
lo brutal se haga visualmente aceptable?". La respuesta la ofrece
la sociedad de consumo, cada día mas ávida por consumir
acontecimientos: todo objeto ofrecido al sistema es rápidamente
digerido. La mercantilización de la obra de arte ha convertido
a toda obra, aún aquellas que acusan los abusos e injusticias,
en un objeto de exposición de supermercado.
Y a causa de estas transformaciones el fotógrafo se ha convertido
en un turista de lo extraordinario, y lo cruel parece ser la medida
de lo notable. Si bien el fin suele ser acicatear las conciencias, el
consumismo estético torna políticamente inútiles
las imágenes de la miseria.
Toda fotografía se termina convirtiendo en información,
sin significado trascendente, sin sensación. Como dice Paul Virilo:
"Se trata de apátheia, esa impasibilidad científica
que hace que cuanto mas informado está el hombre, tanto más
se extiende a su alrededor el desierto del mundo". Baudrillard
sostiene algo en el mismo sentido cuando piensa que una de las características
principales de las sociedades contemporáneas es la explosión
de la información y la implosión del significado.
Las fotografías se exponen y se leen hoy con una finalidad estética
antes que como despertador político. Por eso Chevrier tiene razón
cuando acusa a Salgado de ser un viajero sentimental que busca el sufrimiento
del otro para convertirlo en espectáculo.
Pero que otra cosa es hoy la fotografía más que el asedio
de la realidad buscando lo extraordinario y lo ruinoso para transformarlo
en un objeto de consumo masivo. Más que el fotógrafo,
las objeciones se le deben hacer al sistema.
"Las fotos no hablan" nos muestra Roland Barthes. Al no tener
voz, la intención de las fotos son superadas por la incapacidad
para revelar el sentido y las intenciones del fotógrafo no son
las mismas intenciones del mercado.
La impunidad con las que cierto tipo de fotografías se publican,
proviene de esta misma capacidad de absorción de la sociedad
industrializada que despolitiza el efecto de crueldad que muestran las
imágenes de guerra o las condiciones sociales miserables de los
desposeídos.
Tal vez es cierto que las fotos de Salgado padezcan de frivolidad:
la dramatización excesiva del sufrimiento del otro, el goce visual
en que transforma ajeno, la cautivadora belleza de situaciones terribles,
lo convierten en un esteta de la miseria.
Por eso Chevrier tiene razón en sus objeciones. Pero Salgado
actúa correctamente en función de su compromiso social:
"Las imágenes tiene el poder de mejorar las cosas. Pero
no solas. Son un principio de toma de conciencia" acentúa
en Migrations. Es el mercado el que corrompe la finalidad y produce
esa notable contradicción de la fotografía humanista:
el fotógrafo aprehende un objeto cargado de miseria, y sin querer,
lo deposita en el circuito voraz del mercado que sólo se interesa
por su valor estético.
Pero no basta con lamentarse y culpar. La única certidumbre
que se mantiene es que mientras miles de personas en el mundo se deleitan
misericordiosamente con las fotografías de la miseria, los desplazados,
los sufrientes, los desolados, y quebrantados siguen allí solos
y desvalidos, esperando interminablemente un gesto que no sea estético
sino real.
Por Javier Ferreyra
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