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Más de un coleccionista de obra fotográfica que ha pagado en el pasado altos precios por "vintage prints" con la firma de Man Ray, debe estar ahora rogando que ese bello y sutil tono crema de las copias no sea el resultado de la pigmentación causada por las fibras del te. Según investigaciones realizadas por Mary Morris Hambourg, curadora del Metropolitan Museum de New York, Man Ray, además de ser uno de los fotógrafos más importantes y cotizados del mundo, habría sido también un estafador. En 1992, el marchand norteamericano Benjamin Walter llamó por teléfono a uno de sus mejores clientes, Werner Bokelberg, para informarle que disponía de cuatro "vintage prints" con la firma de Man Ray. Su precio, 88 mil dólares. Ese mismo día Bokelberg pasó a ser el propietario de aquellas cuatro fotografías tomadas -y supuestamente positivadas- a fines de la década de 1920. La calidez del papel, la suavidad de las tonalidades y el indudable valor estético de esas fotografías, indujeron a Bokelberg a iniciar, desde ese momento, la que debería ser la colección privada más importante en el mundo especializada en la obra de Man Ray. Fue entonces que en los siguientes cinco años llegó a gastar la cifra de dos millones y medio adquiriendo "vintage prints" de su autor predilecto. En ese mismo período de tiempo, los precios por la obra de Man Ray comenzaron a subir debido a que otros coleccionistas también se interesaron en sus fotografías. El Getty Museum, para entonces, tenía valuada en 20 millones de dólares su colección de Rays.
Sus orígenes están envueltos en cierto misterio. Se sabe que nació en Philadelphia, Pennsylvania, en el año 1890 y siendo apenas un niño de 7 años de edad decidió que sería artista. Su nombre verdadero se supone que puede haber sido Emmanuel Rudnitsky, pero él siempre se hizo llamar por el seudónimo de Man Ray. Luego de estudiar arquitectura y grabado, se trasladó a New York para continuar perfeccionándose en dibujo en la Academy of Fine Arts y en la Ferrer School. Muy pronto se vinculó a la galería "291" dirigida por Alfred Stieglitz y los movimientos más progresistas en las artes plásticas de aquellos años: dadaísmo, cubismo y surrealismo. Entre sus amigos se encontraban Marcel Duchamp y, profesionalmente, se dedicó a fotografiar las obras de los artistas e integró el grupo de dadaistas neoyorquinos. Inquieto, curioso y dueño de una gran creatividad, Man Ray experimentó en el terreno de la pintura, escultura y cine, pero habría de ser en la fotografía donde su nombre alcanzó una gran proyección. En 1921 decidió mudarse a París, donde desarrolló
la técnica denominada "Rayograph" (Rayografías)
que había "descubierto" accidentalmente cuando un papel
expuesto se le veló parcialmente. Fue así que las "solarizaciones"
constituyeron, en cierta medida, su carta de A diferencia de muchos otros fotógrafos, Man Ray obtuvo en vida un gran reconocimiento. La Biblioteca Nacional de París le organizó en 1962 una gran muestra retrospectiva, exhibida también en Los Angeles County Museum en 1966, además de realizar entre 1971 y 1972 una muestra itinerante que recorrió varios países europeos.
Lo cierto es que las "vintage prints", como tales, eran finitas y Man Ray advirtió que el negocio no habría de durar mucho tiempo. Con la sagacidad que le caracterizó, decidió falsificar sus propias obras, es decir, fabricar "vintage prints" con el simple expediente de sumergir las copias en una infusión típica de Ceylan, el te, que les diera esa tonalidad que naturalmente solo puede otorgar la patina del tiempo.
En 1997, la curadora de fotografía del Metropolitan Museum of New York, Mary Morris Hambourg, decidió organizar una retrospectiva de homenaje a Man Ray y, para ello, comenzó a visitar a coleccionistas privados que pudieran prestar sus obras. La casa de Werner Bokelberg fue uno de los sitios ineludibles. A la señora Morris le llamó la atención que decenas
de "vintage prints" tenían exactamente las mismas tonalidades
y los papeles idéntica textura, a pesar de haber sido supuestamente
realizadas en diferentes años. Además, todas aquellas fotografías tenían impreso
un sello en el dorso que identificaba al fabricante del papel fotográfico,
la casa Agfa. El próximo paso para comprender que estaba pasando fue consultar a la empresa Agfa sobre las características de esos papeles fotográficos y conocer en que épocas habían sido fabricados. Los técnicos de Leverkusen fueron categóricos luego de analizar las pruebas: papeles de ese tipo y con aquel sello habían sido fabricados en 1970 y en 1993. Sin embargo, persiste otra duda: cuales copias son de 1970 y cuales de 1993. "Man Ray responde por el primer grupo. Y los autores de los vintage en papel de 1993 todavía representan un misterio que preanuncia un escándalo que, ciertamente, provocaría carcajadas en Man Ray, muerto un 18 de noviembre de 1976", escribió Ricardo Sardenberg, un crítico de arte brasilero que reside en Estados Unidos.
En la actualidad, los mayores precios de obra fotográfica en subastas de las más renombradas casas como Shoteby's o Christie's corresponden a los autores consagrados -lo que no es ninguna novedad-, tanto del siglo XIX y de las primeras cinco décadas del actual. Es poco común que fotografías de autores que aún están produciendo alcancen cifras que superen los 10.000 dólares, mientras que copias de época de fotógrafos fallecidos son las que más alto cotizan. Sin dudas, los factores que influyen en el precio de una fotografía como objeto de arte son varios y revisten una complejidad diferente a la de otras expresiones creativas coleccionables, como la pintura. Un cuadro es un objeto único y, como tal, su cotización depende del autor, técnica, fecha de realización, temática y formato. En fotografía, los factores que se consideran difieren en algunos aspectos debido al carácter de reproductibilidad de la obra, esto es, que a partir de un mismo negativo es posible tirar infinita cantidad de copias sin que exista una degradación o alteraciones entre la primera y la última (en el grabado, en cambio, a medida que la plancha se desgasta la calidad de la imagen se ve alterada). Para evaluar una obra fotográfica se considera -además de la firma-, el año de realización en referencia a la fecha en que fue producido el negativo, quien realizó la copia, el formato y "rareza" de la pieza (es decir, la cantidad de copias que se supone existen), además obviamente de su estado de conservación. Cuando la ampliación es más o menos contemporánea de la obtención del negativo, se denomina "vintage print" o "copia de época". Puede haber sido producida por el propio fotógrafo o supervisada por él. Las "vintage" son las que alcanzan las más altas cotizaciones. Luego, a partir del mismo negativo, el autor -o también bajo su directa supervisión-, se pueden hacer posteriormente copias. Estas se denominan "copias de autor" y su precio es sensiblemente menor que las "vintage". Por último, las copias que se pueden hacer sin la supervisión del autor, es decir, con posterioridad a su muerte, tendrán el precio más bajo del mercado. Un ejemplo es el caso de la obra de Edward Weston. Las "vintage prints" que realizó en la década de 1930 superan los 30.000 dólares. Pero en los últimos años de su vida, para poder subsistir, realizó una serie de copias de aquellos negativos en formato 18 x 24 cm que, por entonces, vendía a 25 dólares. Esas copias, que no son vintage prints pero sí son "copias de autor", actualmente valen alrededor de 15.000 dólares. Hacia finales de la década de 1950, cuando el Mal de Parkinson que le afectaba le imposibilitó trabajar en el laboratorio, Weston supervisó el positivado de sus negativos que hacía su hijo Brett. Esas ampliaciones, en cambio, valen actualmente entre 9.000 y 12.000 dólares. Tal diferenciación en las cotizaciones de una misma obra fotográfica (aunque, en rigor, cabría decir de una obra a partir de un mismo negativo) estuvo presente desde el inicio del coleccionismo de fotografía. Man Ray supo aprovecharse de eso.
A. Becquer Casaballe
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